Recuerdos de un Pastor de a pie.

Estimados lectores, comparto con ustedes, este escrito en agradecimiento al Pastor que me hizo ver una parte de la Iglesia que amo, sueño y construyo.

RECUERDOS DE UN PASTOR DE A PIE

                La Pascua de Dn Carlos Camus Larenas, obispo emérito de la Iglesia de Linares, me ha hecho brotar los recuerdos vivido en mis primeros años de fe, hasta que emprendí el viaje y comencé a navegar por otras iglesias diocesanas, en mi vida misionera.

Charlar con el obispo en mis tiempos de pastoral juvenil era habitual para muchos de nosotros, era cotidiano encontrarlo en las calles de Linares caminando por ahí, a veces teniendo la suerte de recibir de él la bolsita de huevos de campo que en otra esquina otra persona le habían regalado o recibir un ejemplar de su último librillo (casi siempre escribió pequeñas cosas las que repartía por doquier, mensajes cortos y claros).

Mis primeros años de fe, se los debo a muchas personas, entre ellos a mis padres, pero en este artículo destaco el legado de catequistas y animadores que se forjaron al alero del obispado de Linares, gracias a los cursos, encuentros, charlas y reuniones que constantemente el obispado impartía.

Mirando hacia atrás, descubro la gran riqueza de formación que en los años ’80 la iglesia diocesana de Linares realizaba.

En los primeros años de la década de los ’80, me preparé para la Primera Comunión, en mi parroquia natal (Ntra. Sra. Del Rosario de Pompeya) y como material de preparación para la comunión, nos tocaba leer pequeños fragmentos del documento de Puebla (III Conferencia Episcopal de América Latina 1979). Estoy hablando de niños de 10 años.  Creo que estas cosas, no eran una “volada” de los catequistas de turno, sino una directriz pastoral de la diócesis. Era común que en las misas dominicales se reemplazara la segunda lectura bíblica por un fragmento del Documento de Puebla, a los que al final de la lectura, el lector decía “Palabra de la Iglesia” y la feligresía respondía “Te damos gracias Señor”.

En mis años de adolescencia, entrar al obispado era común, una casa de puertas abiertas, y por ella además de los funcionarios y religiosas que estaban ahí, siempre se veían campesinos, dueñas de casa y jóvenes que pasaban simplemente a saludar y el despacho de don Carlos, ateniendo a gente.

En las dependencias del obispado y parroquia colindante (El Sagrario) contaba con un salón que muchas veces se nos facilitaba para hacer un baile con el objetivo de recaudar fondos para algunas actividades pastorales, una vez don Carlos nos vio entrando cajas de bebida y las cervezas “clandestinas” nos preguntó que se iba a realizar, le dijimos “una fiesta para recaudar fondos para el campamento de formación del verano”. A lo que nos respondió: “no se les ocurra andar haciendo guaguas” Al rato nos trajo una botella de pisco, la que entregó con un guiño de complicidad.

En una oportunidad, para un campamento de formación en el verano, llegó con dos cajones de tomates, diciéndonos, plata no les iba a dar, pero estos tomates les pueden ayudar a alimentar a los chiquillos y recuerden “no se pongan a hacer guaguas”

Una vez le consultamos sobre el por qué no quiso que se casaran dos jóvenes que habían sido papás; nos dijo;  para llegar al matrimonio tienen que estar maduros y el sacramento es cosa seria. Le refutamos que entonces ellos vivirían en pecado… nos contestó: que vivan  y convivan, conocerán la responsabilidad de ser padres de familia y  hay que optar por el “mal menor”: esa era la primera vez que escuché esa frase como clave de discernimiento.

En unas confirmaciones en la parroquia Corazón de María,  el guía que animaba la celebración dijo a los confirmandos “pueden ahora encender las “wevas” (lapsus mentis) en vez de decir “encender las velas”, se produjo un silencio expectante de milésimas de segundo, mientras el animador, tartamudeaba las disculpas y el párroco sudaba, don Carlos, contenía la risa, afirmándose del báculo. Después de la ceremonia llamó a su tocayo (animador) y pudo tranquilizarlo con una risa compartida y palmada en el hombro.

Don Carlos, siempre nos esperaba en los encuentros de formación y nos decía: “los jóvenes claretianos, tienen que estar ahí, porque el pueblo espera el anuncio del evangelio”.

Algunas veces le acompañábamos al campo a las misas con las comunidades o romerías, no era para nosotros raro verlo llegar con chupalla (no sombrero de huaso) y ponerse la estola por encima de la manta (en tiempos de invierno)  y compartir la misa… Había un canto que le gustaba mucho en ese entonces  y entre sus estrofas decía… “tú eres el Dios campesino que trabaja de sol a sol, a ti  te he visto regando esos surcos con tu sudor…” Eso me recuerda el cancionero que editó  y que cada persona que asistía a misa lo llevaba, porque era práctico, letra grande y sencillo. “Más cerca de la Luz”

Llegaron los años finales de la década de los ’80, la comunidad claretiana juvenil a la cual pertenecía, le hicimos una propuesta al obispo: “enseñar educación cívica al campesinado, en vistas del plebiscito del año ‘88”.  La respuesta de Dn Carlos, fue visceral: SÍ. cuenten con nuestro apoyo, proyecto y  medios para llevarlo a cabo, del obispado pueden contar con camionetas para el traslado y todo el material necesario. Pero tengan cuidado, porque son tiempos difíciles, pero Jesús les ayudará.

“Llega la hora de sanar el miedo de nuestro pueblo y alentar la confianza en el nuevo tiempo” – nos dijo con gran alegría.

Proyecto, por cierto, al que se sumaron muchas otras personas y que fue patrocinado por el obispado de Linares con todas sus letras.

Algunas veces, sus declaraciones causaban revuelos en la opinión pública y rápidamente llegaban los militares y/o carabineros al obispado para pedir explicaciones, con la llegada de ellos, prontamente llegábamos los jóvenes para invitarlo y decirle que en la catedral estábamos esperándolo para la misa – era nuestro modo de manifestarle el apoyo y sacarlo de ese momento de tensión-  No faltaban quienes nos gritaban “jóvenes COMUNISTAS”… a lo que respondíamos  No… jóvenes CAMUNISTAS, señor.”

Eran saboreadas por nuestra juventud las cartas que nos dirigía, siempre con la mirada puesta en Cristo y en la labor social de un Chile que queríamos construir.

En esos años, ocurrió una tragedia, un grupo de jóvenes murieron en un terrible choque en un camino cercano a Villa Alegre,  los jóvenes habían estado pintando murallas por el tema del plebiscito, la prensa politizó el tema diciendo que todo ello era patrocinado por el Obispado, ya que la camioneta en cuestión pertenecía a dicha entidad.

En los funerales, y cercano al cementerio, se escribió en una muralla “Por la democracia pintaremos hasta en el cielo” pintada que duró muy poco, ya que ese mismo día fue borrada por  sectores políticos.

Don Carlos guardó esa frase por mucho tiempo e hizo alusión de ello en algunas homilías, esas muertes le dolieron  con corazón de padre y de pastor.

En el verano del año 90, le dije que entraría al seminario con los claretianos, se alegró mucho, me dijo que recordara siempre la frase del epitafio de la tumba del P. Claret, que a él siempre le gustó: “Amé la justicia, aborrecí la iniquidad, por eso muero en el destierro” (creo que la hizo suya en los años difíciles de nuestro país)

Fue un pastor con mirada amplia, cuando un joven le decía que tenía inquietudes vocacionales, él les decía: “que el Jesús de Nazareth, obrero y sencillo sea tu modelo y tu guía”

Don Carlos alentó las vocaciones para la vida de la Iglesia, no tuvo una mirada mezquina de pensar o decir que las vocaciones fueran para la diócesis, sino que siempre mirando el bien de la Iglesia de Cristo.

Siendo sacerdote, una vez no encontramos en la parroquia El Rosario, yo iba a presidir la misa, pero según el protocolo estando el obispo, era labor de él,  que llegaba de improviso, me dijo “lleguemos a un acuerdo… yo presido, pero tú predicas, para así escuchar tu homilía y darte consejos o que tú me los des a mí”.

A la hora de su partida, agradezco a Dios, el haber conocido un pastor de esa forma, muchas veces su rostro me hacía recordar al P. Claret, tenía una fisonomía parecida y así lo veíamos en nuestro grupo juvenil ¿será por ello que le tuve tanto cariño? ¿ O porque en lo que conocía de la pastoral social misionera de Claret, también lo veía reflejado en don Carlos?

Gracias don Carlos y ahora recibe el premio de los labradores del evangelio, pasa a sentarte en el banquete del Reino de Dios.

 

Pepe Abarza, cmf

@ppcmf

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